De vuelta al trabajo

Suena la sirena, De vuelta al trabajo, Muchos no volvieron, Tampoco Manuel

(Victor Jara, Te Recuerdo Amanda)

Publicado en la web de ASSI (Acción Social SIndical Internacionalista)

Llega el lunes 13 de abril y tras la Semana Santa, como cualquier otro lunes en la sociedad de mercado, toca volver al trabajo. Esta vez las personas que van a trabajar, además de perder buena parte de las horas de su vida en producir cosas inútiles o de perder su vida en accidentes de trabajo o in itinere, también pueden aumentar las necrológicas contrayendo el Covid-19 y contagiando a personas vulnerables y de riesgo de su entorno. Es el dios trabajo en el cosmos del mercado.

El gobierno social socialista ha tomado la decisión de reactivar el absurdo mercado en un momento en el que escasean los artículos de primerísima necesidad capaces de decidir entre la vida y la muerte. Nuestros queridos gestores del estado han decidido que lo mejor es arriesgar un aumento en contagios y muertes antes que dejar de seguir produciendo cosas inútiles y superfluas.

Paradojas de la vida. El ser humano participa en el mercado y fabrica objetos para satisfacer sus necesidades. A día de hoy, sin que esas necesidades estén cubiertas, debe ir a fabricar mercancías que no necesita para satisfacer la producción que “el mercado” sí necesita. Es una cuestión casi metafísica.

La mercancía y el mercado, en principio “al servicio de” nuestras necesidades, han cobrado vida y convertido al ser humano en un reflejo de su imagen, en el siervo que lo alimenta, en un mero proveedor de trabajo abstracto, ese que no sirve para nada concreto más que para ser almacenado como mercancía sin cualidad alguna y a la espera de ser transformado en dinero. Toca volver a arriesgar la vida para proveer al sistema de trabajo abstracto mientras se sufre la carencia de elementos esenciales de protección.

Es así como el trabajo se convierte en el principio de la mercancía sin utilidad, un contenedor de trabajo abstracto, muerto, cuya única función es cambiarse por dinero. Así se sitúa el trabajo en el origen del mercado. Así, a través del trabajo, es como el ser humano se convierte en un objeto preso de su propia creación, creación que a través de las desigualdades, expolios e injusticias que genera se cobra cada día miles de vidas de iguales. Solo terminando con esta concepción del trabajo puede terminarse con el mercado, con su sociabilidad autodestructiva y con las instituciones que la gestionan y garantizan.

El trabajo ‘es, por su esencia, una actividad no libre, inhumana e insocial, condicionada por la propiedad privada y creadora de propiedad privada. La abolición de la propiedad privada no se hará realidad hasta que sea concebida como abolición del ‘trabajo’.

Karl Marx

A la par, gobiernos y voceros constructores de falsa realidad vuelven a presentarnos al estado salvador. Otra vez, como en la crisis de hace 10 años, vienen a confundir la realidad para mantenerse a flote, contraponiendo estado a mercado y volviendo a allanar el camino de la antipolítica parlamentaria para recoger los frutos de la verdadera política – la que se hace desde abajo y fuera de la institución.

Desde la aparición del liberalismo económico y la identificación de la economía con la física, el bien común o el adecuado desarrollo de las sociedades dependen de la aplicación de “leyes naturales”. La decisión política entendida como la acción humana no funda ni rige los principios sociales. Las leyes naturales “mandan” y la política habrá de limitarse a administrar las consecuencias de esas leyes. Las leyes del mercado son el verdadero principio social y funcionan en dos planos: uno natural en el que se hallaría la producción y otro, el de la distribución, que depende de las decisiones de la institución.

En ese escenario, todo lo que el más loco de los “progresismos” puede atreverse a hacer es garantizar que la organización social no entorpezca las leyes naturales de producción de riqueza y regir la distribución desde las instituciones. Su línea roja está en la defensa a ultranza de la propiedad privada como origen de un capital que, según sus beatos, “crea la riqueza”.

Estado y mercado – con sus instituciones y formas de gobierno – son parte de un todo interdependiente. Con ellos solo vale la ruptura absoluta. La presunta oposición entre estado y mercado es una oposición falsa e interesada que realimenta el sistema.

Como se vio en la crisis de 2008, de nada sirve proveer al estado con los mejores gestores de los movimientos sociales – hoy en el mismísimo gabinete de gobierno. Como se ha visto en los últimos 200 años de sufragio universal, el enésimo partido definitivo, el del auténtico cambio, esta vez “democrático de verdad”, bueno y honesto, envía a las personas a trabajar para producir mercancías inútiles o al menos no aptas para las necesidades vitales del momento, a sabiendas de que el coste puede consistir en varios miles de vidas. ¿Será que el problema no es el nombre que coloquemos en el sillón?

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